lunes, 26 de abril de 2010

Las calladitas son las peores


Carola habla del pudor en las mujeres.




Últimamente he estado reflexionando acerca del pudor, ese sentimiento tan difícil de definir y que es tan característico de nuestra cultura. Siempre he sido pudorosa. No soy de las que se pasean piluchas en los camarines de mujeres ni de las que prefieren el sexo a plena luz del día. Suelo pensar que si fuera actriz (una fantasía recurrente) me resultaría aterrador tener que hacer escenas de sexo. No porque todo el mundo vaya a ver mi desnudez en pantalla gigante o en la tele (que, en todo caso, con la irrupción del plasma es prácticamente lo mismo), sino por la incomodidad del momento de actuar la escena: en un set lleno de gente y con un tipo –o una mujer, quién sabe– prácticamente desconocido. Eso es pudor puro.
Sin embargo, mi lengua siempre ha sido impúdica. He dicho y escrito las cosas más sonrojantes, sin vergüenza y hasta con un dejo de placer. Nunca me complicó llamarles por su nombre a las partes “pudendas” (palabra fea que quiere decir “que causa pudor”) y siempre he disfrutado mucho contar y oír las anécdotas eróticas de mis amigos. Pero desde hace un tiempo todo parece haber cambiado. Iba yo en mi auto alegremente escuchando la radio cuando me topé con una conversación sobre penes y vulvas. Una de tantas. Y algo me molestó. No sé si fue el tono del diálogo o la idea de que durante un buen tiempo yo hice lo mismo, pero un malestar en la boca del estómago me obligó a cambiar la radio. La molestia apareció días después, en una noche de vino tinto y conversación con amistades, en que preferí cambiar de tema antes de confesar mi posición sexual favorita, algo que, de todas maneras, ya había contado decenas de veces.
Entonces mi cabeza empezó a trabajar. Y comencé a sentir nostalgia de mi desvergüenza perdida. ¿Será que el pudor se hace más intenso con los años?
Talvez sea una consecuencia de la maternidad. Como si la condición de madre la situara a una en un lugar inconsciente mucho menos profano. O quizás ya me toca vivir el fenómeno inverso: que mientras mi lengua se aprieta como jamón sellado al vacío,mi cuerpo se suelta y me transformo en una ninfa exhibicionista. Ahora que lo pienso, las abuelas siempre dicen que las calladitas son las peores (en la cama, se entiende). Aunque, ojo: yo nunca dije que era mala amante. Nada de eso. Quisiera contarles el detalle pero, lamentablemente, no puedo. A mi lengua le da pudor.



por: Carolina Pulido

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